El desaparecido

En Nogoyá, Entre Ríos, un grupo de jóvenes irrumpieron en una asamblea de periodistas.
Estos jóvenes escribían para una revista anarquista de gran difusión en la provincia, sobre todo en la ciudad de Paraná, donde la mayoría reside en una casa ocupada, cuyo propietario decidió arrojar la toalla porque trabajaba para un partido de izquierda y no le convenía que el desalojo se diese a conocer.
Los jóvenes ingresaron a la fuerza a la asamblea, según dijeron en algunos medios de gran tirada, sin embargo hay que aclarar que “a la fuerza” significaba (teniendo en cuenta que el episodio sucedió en una ciudad de unos veintitrés mil habitantes) pasar por la puerta sin avisar.
Al llegar, desplegaron una bandera con el logotipo de su revista y empezaron a cantar: “Nisman no se murió, Nisman no se murió, que se muera Yabrán, la puta madre que lo parió”.
La indignación de los periodistas presentes sólo puede compararse con la de un gato al que le cambian de lugar la caja de arena.
Pese a lo ruidoso de la intervención, al día siguiente, todos los vecinos de Nogoyá siguieron su vida como si nada hubiese pasado.

El que no tenga un familiar fascista, que arroje la primera piedra

Cuando nació su sobrina, pensó que la naturaleza fue particularmente sabia al acabar antes con la vida de su abuela.
De hecho, fue sabia por muchas otras cosas en ese punto, porque la vieja ostentaba tanto racismo que se hubiese muerto de una manera muy violenta al verla morocha, tan latinoamericanamente bella que hubiese tenido un infarto duro como los modales del militar que hubiese querido tener como nieto.
La tía abuela dijo que no podía ir a conocerla por cuestiones de trabajo, pero todos saben que no tiene tanto trabajo y que tiene dinero suficiente como para viajar en helicóptero, si es necesario.
Él le dedicó una canción en lengua aymara.
La bebé se enterará de nada de esto mucho después de que le digan, en la escuela, quiénes son los Reyes Magos.


Guillermo Javier Donicelli

Vampiro

La luna nueva era muy útil para su llegada.
El vampiro Hughes Edenheart se sirvió una copa de brandy apenas se escondió el Sol y miró por la ventana. A lo lejos, la figura de Antoniette Mc Chatham se veía sensual e irresistible.
Y decidió ir a buscarla.
Cuando llegó a la habitación de la doncella, ella estaba poniéndose la ropa para dormir. Él se le acercó por detrás, la abrazó y ella le dijo:

– ¿Vienes a beber mi sangre como lo hiciste con todas las demás?


– Sólo si estás en esos días.  

Auspiciantes

Mientras tomaba una cerveza en un bar, escuché el siguiente diálogo:

– Tengo una vaca lechera –dijo él.
– No es una vaca cualquiera –dijo ella.
– Me da leche merengada –dijo él.
– ¡Ay! ¡Qué vaca tan salada! – dijo ella.
– No, boluda, me da leche merengada, ¿qué te hace pensar que es salada? Salada va a quedar cuando la carneemos y hagamos un tremendo asado. Por ahora, es sólo una vaca lechera que da leche merengada.
– Pero, si da leche merengada, ¿estás seguro de que su carne es apta para consumo humano?
– Sí, obvio, porque los productos de Monsanto son todos aptos para el consumo humano.

– ¿En serio? ¡Qué bueno! ¡Mozo! ¡Un shot de RoundUp con hielo!

Entrevista con el asesino del gobernador

Mientras el tabaco despeja mis neuronas, me imagino en un mundo apenas un poco mejor que éste.
Me imagino haciendo casi lo mismo que ahora, pero con un invitado al lado mío, compartiendo un trago con el conductor designado de la pólvora, el filántropo que, por voto popular, resultó elegido para asesinar al Gobernador.
Le preparo un vaso de fernet con agua tónica y le ofrezco un cigarrillo, pero lo rechaza porque no le gustan los Particulares. Él prefiere los Philip Morris.

– Pensé que eras de gustos más duros –le dije mientras le convidaba fuego.
– Sobre gustos sólo hay mierda escrita.
– Cuando convocaron para las elecciones, pensé que era una broma de mal gusto para jugar con las esperanzas de la gente, pero acá estás, armado y listo... ¿cómo pensás hacerlo?
– Todavía no estoy decidido. Tengo una pistola calibre 9mm., pero no estoy convencido.
– ¿Me permitís un consejo?
– Sí, dale. ¿Tenés hielo?

Asentí con la cabeza, dejé el pucho en el cenicero, me fui a la heladera y mientras sacaba los hielos, le dije:

– Arco y flecha.
– ¿Ah? ¿Me estás gastando?
– No, posta. Pasa que una pistola o un rifle de larga distancia está muy trillado en estos tiempos. No sé, capaz que puede ser un hacha o una espada.
– Sigo sin entender la razón. Ya bastante trascendente es asesinar al gobernador, ¿qué tiene de especial el arma?
– Es una cuestión literaria, nomás; ¿o me vas a decir que la Ilíada hubiese sido más divertida con Aquiles llevando una AK47?
– Y... no es una mala idea hacer un aggiornamento de la Guerra de Troya, pero entiendo el punto.
– Ahora... hay algo que no me cierra de todo esto...
– ¿Qué cosa?
– La Democracia... ¿qué pito toca en todo esto?
– Éste.

Lo miré con cara de “no, en serio” y esbozó una mueca que era lo más cerca a una sonrisa que he visto en su rostro durante todo este tiempo.

– Mirá... la democracia es un verso...
– Sí, ya sé que no existe, pero te lo pregunto porque vos estuviste ahí en medio.
– Si vamos a votar por cada decisión pública que se toma, estaríamos votando hasta qué papel higiénico vas a usar para limpiarte el culo. Pero ésta votación era simbólicamente necesaria. Al gobernador, alguien lo iba a matar. Quién, no importa y mucho menos cómo. Pero sí era importante hacerlo cuanto antes. Y la votación sirvió para demostrar que el pueblo, ése mismo que lo había votado, decidió que era necesario matarlo.
– O sea, lo importante es que él sepa que lo desprecian.
– Claro. Muy rico el fernet, gracias.
– ¿Querés otro?
– No, che, quiero mantenerme sobrio para hacer esto.

El asesino se levantó de la silla y empezó a caminar hacia la puerta.

– ¿Lo vas a hacer ahora? ¿No preferís esperar hasta mañana o pasado? –le dije para seguir charlando. No porque fuese una persona interesante, sino porque era un evento histórico que quería conservar por más tiempo.
– No. Quiero sacarme esto de encima cuanto antes.
– ¿Cómo lo vas a matar?
– Eso es una sorpresa.
– Andate a la concha de tu madre.

Y se fue tranquilo, el muy sorete. Y yo me quedé despierto hasta las ocho de la mañana para leer la noticia apenas se publique.


Guillermo Javier Donicelli